14 de septiembre de 2012

El libro de sus abrazos


Una vez tuve una amiga que casi era una hermana.
Compartimos un piso durante dos años y nuestra amistad durante más tiempo. Ayer mientras ordenaba una estantería, me topé con un punto de libro que guardo dentro de una de mis novelas favoritas. Ainhoa lo hizo para mi en marzo del 2004, y lo guardo como un tesoro desde entonces. Una foto de nosotras dos y una dedicatoria conmovedora en la parte delantera haciendo referencia a un cuento de Eduardo Galeano que se extiende a lo largo de la parte trasera del marcalibros, y que aún hoy, ocho años después, continúa erizando la piel de mis brazos cada vez que la leo. El poema pertenece a El Libro de los Abrazos, y dice así:


Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.
A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
- El mundo es eso - reveló -. Un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.


Ella creía que yo era de estos últimos... (No se cómo escribir y describir mi suspiro entrecortado).

Creo que Ainhoa es una de las mujeres más dulces que he conocido. De ella recuerdo que siempre tenía la palabra perfecta para hacerte sentir mejor, lo necesitaras o no. Es decir que si te encontrabas bien, y ese día aunque fuera durante el invierno el sol se te hacía cálido y radiante, ella podía hacer que se volviera un auténtico día de verano; y si por el contrario estabas apenada/o por algo, sus palabras reconfortantes y sus cientos de besos (siempre tenía besos para todos), le daban la vuelta y tu sonrisa volvía a lucir de inmediato.

Hablo de ella en pasado porque lo cierto es que hace mucho que nuestro contacto es limitado casi inexistente. Inexplicablemente, nuestra amistad con tanto amor por las dos partes (porque sé que era así), se diluyó en el tiempo, en los cambios de residencia, las nuevas parejas, los nuevos caminos... Y no entiendo porqué. Cada vez que pienso en ello me siento culpable. ¿Os pasa esto a vosotras/os? Porque, aunque fuimos las dos las que dejamos que pasara, como poco tengo el 50% de la culpa, si no más, de no haber conservado a una amiga tan especial y con un corazón tan grande como Ainhoa.

A veces intercambiamos un e-mail o un mensaje, y el cariño entre ambas puede leerse aún entre líneas. Pero, aunque creo que todo lo que nos ocurre es por un buen motivo o para convertirnos en mejores personas, la echo de menos. Y esto me hace pensar en la cantidad de personas que en un momento determinado de nuestras vidas parecen ocupar un lugar tan importante que siempre va a ser suyo, y resulta que no mucho después ese hueco lo ocupa otra persona distinta o, si no es así, al menos queda vacío. Sí que es cierto que según maduramos nuestros objetivos cambian, nuestras intenciones se vuelven más recatadas (o más agresivas), nuestros valores se afianzan, nuestros rostros envejecen... Pero nuestros corazones no envejecen, no entienden de objetivos ni de valores, no se dejan domar y laten con la misma fuerza que el primer día de nuestra vida. Por eso, a veces es tan difícil olvidar aquello y a aquellos que un día hicieron a nuestro corazón vibrar de verdad.


Foto del título de Brigitte Bardot y Jane Birkin.

2 comentarios:

  1. Ana Grafal5:54:00 p. m.

    Manda esto que has escrito a Ainoha,. Quiero a esta amiga en nuestras vidas.

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    Respuestas
    1. Cualquiera estaría contento de tenerte a ti en su vida, amiga :) Mira que eres "maja" eh?

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