Anoche llegué a Madrid. Este sábado impartimos la primera edición del
workshop OhBlog (yiiih!), así que tocaba venir un par de días antes para revisar que
todo esté preparado y en su sitio. Y- sorpresa!-parece que no hay sorpresas, al menos de momento. Qué organizadita soy, a veces hasta me sorprendo.
Honestamente, creo que ser madre es lo que me ha hecho así. Gracias
Teo por hacer desaparecer el caos de mi cerebro o, al menos, sustituirlo por otros (caosss en plural) más llevaderos.
Separarme de Teo es lo que no llevo bien de estos viajes. Supongo que como cualquier madre -o
mala madre-, agradezco unos días para mi pero, bueno, trabajar, por mucho que adore este trabajo, no son vacaciones y, haga lo que haga, echo de menos al bajito. Ayer, en el vuelo, tuve la suerte de sentarme junto a un niño de dos años y medio. No podía quitarle los ojos de encima, me fascinaba comprobar que la evolución física y psicológica que experimentamos las personas es un patrón asombroso en el que, salvando las pinceladas de diferentes colores que cada individuo aportamos, es uno fijo, cerrado y testado. Román, mi compañero de viaje, hablaba
tanto como Teo (es decir, todo el rato y sólo parando para coger aire), tenía casi las mismas expresiones, el mismo timbre de voz, la misma mirada abierta, limpia, mágica y se embelesaba ante los mismos juegos y preguntas que comparto con Teo a diario.
Yo no sentí "la llamada" para convertirme en madre; no conocí
ese instinto maternal hasta que mi hijo estuvo en mis brazos; no supe lo que significaba ser madre hasta que él me enseñó. Ahora, sólo puedo decir, no hay nada más hermoso y no hay privilegio mayor que tener la oportunidad de observar a un niño dejando de ser bebé, descubriendo deslumbrado este mundo extraordinario que parecemos haber olvidado que lo es.