Estaba pensando en las bolsas de tela. Qué gran invento, de bolso, para comprar fruta, no hay nada más versátil. Ahora las podemos encontrar en todas partes, con prints y colores de todos los tipos, ilustradas, estampadas, sencillas, barrocas... Siempre me gustaron. Mi favorita curiosamente, entre todas las que he tenido, fue una que mi madre me regaló hace años con un dibujo impreso del pueblo en el que vivo ahora desde hace cinco meses. La usé tanto que terminó por descoserse, agujerearse y deshilacharse por cada costura. Es curioso como, cuando le cogemos cariño a algo en concreto, no vemos sus defectos (agujeros y descosidos en este caso), aunque los demás nos repitan sin cesar que debemos dejar de usarlo inmediatamente.
¿No os ha pasado nunca? Seguro que sí. Este fin de semana, la encantadora madre de un buen amigo me relató sus días de amor por un camisón fresquito que tuvo. Le parecía la mejor prenda y lo usaba a la menor ocasión mientras estaba en casa. Se encontraba cómoda con él y no pasaba calor. Con el tiempo, se fue envejeciendo y desgastando y, aunque le regalaban camisones nuevos, ella no los estrenaba, seguía lavando y cuidando cuanto podía su prenda fetiche. Un día, desapareció, como suele pasar con estas cosas si no vives sola. Aparece tu madre un día por casa, y te lo tira (en la mayoría de los casos). A veces es tu hija, o tu marido (las menos), o una muy buena amiga que no soporta ya decirte que te deshagas de eso de una vez por todas.
Así, sin pensarlo mucho, me vienen a la cabeza esa bolsa de tela de la que hablaba al principio; unos vaqueros Lee que me puse hasta que tuvieron tantas aberturas como los jeans más macarras del armario de Kurt Cobain; una especie de americana gris de la que mi hermano siempre me decía que parecía de vagabundo (en serio); y unas bailarinas de estilo deportivo bastante curiosas a las que yo llamaba "los zapatitos verdes" que acabé tirando -con algo de ceremonia y todo- en una papelera en Roma, completamente empapados tras cuatro días de lluvias torrenciales, y varios años de paseos urbanos y fiestas nocturnas.
En este momento, creo que me aferro a unas sandalias de Zara que Juan me regaló mientras estaba embarazada. No se si por cuando llegaron, por lo cómodas que son o por lo bonitas y sencillas, me resisto a pensar que ya les queda poco, poco. Por si acaso, me las pongo cada día ;-)
¿A qué prendas os habéis aferrado absurdamente o con toda la razón? Me encantaría oír vuestras historias románticas.