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29 de agosto de 2013

Breves historias de un paréntesis: Luciérnagas

Breves historias de un paréntesis es una serie que comencé hace un par de meses, decidiéndome a compartir por fin algunas de las historias que escribo en mis cuadernos. Éstas, concretamente, narran momentos sencillos del inciso geográfico que estamos viviendo.


Hace dos noches, salía de casa a tirar la basura. Oí la puerta cerrarse tras de mi mientras subía los peldaños que llevan a la acera de baldosas grises y blancas. Tras depositar la bolsa, volví sobre mis pasos.

Del restaurante de enfrente llegaron unas notas de jazz a mis oídos; miré en esa dirección, distinguí bombillas cálidas y murmullo de clientes. Sin pensarlo dirigí mis pasos hacia allá, crucé la calle y entré. Supongo que sólo quería escuchar la música mejor, o sentirme reconfortada, elegante y como recién duchada, que es como siempre me hace sentir el jazz. 

Según me acercaba, sumé la ilusión de dar un beso a la cocinera, una dama maravillosa con una de las sonrisas más dulces que conozco. 

Tras unos pocos minutos allí, supe que debía volver a casa. 

Mientras recorría los pocos metros que me separaban del portal, la brisa nocturna revolvió mi pelo y me trajo el olor del mar. 

En el ascensor, miré el brillo de mis ojos en el espejo. Sonreí e imaginé luciérnagas revoloteando a mi alrededor. "Escribiré sobre esto", me dije.

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Las cosas corrientes me parecen siempre las más hermosas. Sé que si miro lo suficientemente cerca, las luciérnagas están ahí, en momentos cotidianos, convirtiéndolos en mágicos. 




Muchas gracias por leer mis relatos. Si os apetece, podéis leer otros que he publicado para esta serie aquí.

(Foto de una gaviota volando sobre mi cabeza al atardecer, y de los botes de cristal con velas de te con los que iluminamos las noches en nuestra terraza).

20 de junio de 2013

Breves historias de un paréntesis: Rugidos

Breves historias de un paréntesis es una serie que comencé hace unas semanas, decidiéndome a compartir por fin algunas de las historias que escribo en mi cuaderno (cuando imagino que soy escritora) y que narran momentos sencillos de este inciso geográfico que estamos viviendo durante unos meses.



Giro la llave cambiando un rugido por otro.
El león urbano, insensible, escudo humano y veloz, calla. Se acomoda por fin en el sosiego, la quietud, sin brío, ni giros, ni destellos. Se despide de mi, dejando caer sus excitantes párpados. Pero permanezco dentro, en silencio, atenta.

Un rugido por otro.
Otro me envuelve; a mi; a todos.
Rugido azul ondea impetuoso, imparable, jamás enmudece, jamás descansa. Ruge a un compás y baila con el viento, va, viene, va, viene...
Lo anima a invitar a bailar a quién dejó de rugir hace unos segundos pero, como duerme, decide entonces acunarlo. Sutilmente, a un lado, al otro, mece al escudo humano. 
Y yo en su interior aún, en sus pulmones, respirando brisa salada mientras me arrulla el aire al son del bramido... que va y que viene.



Muchas gracias por leer. Me encantaría que dejarais vuestras opiniones, sean buenas, malas, salvajes... Me ayudaría a tener perspectiva y averiguar si sirvo un poco para esto o si debería seguir escribiendo mis historias nada más que en mi cuaderno (¡!).

Si os apetece, podéis leer el resto de relatos cortos que he publicado en esta serie aquí.


(Foto sin filtro de Teo y su moto junto a la piscina de agua de mar para niños que está debajo de casa y en la que se mete cada vez que me despisto)
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