Esta semana está siendo rara, a veces melancólica, agotadora, pero también excitante porque tengo una noticia muy chula.
Teo se recupero de su catarro, y me puse a preparar este viaje en el que estoy metida ahora mismo. Ando por Barcelona, alguna reunión y un trastero que dejamos lleno con parte de nuestra vida me esperaban desde hacía semanas, y no podía dejarlo más. Tras vender o regalar algunas de nuestras pertenencias más útiles y deshacernos de cosas que no hemos echado de menos durante estos meses, es fascinante pararme a observar cómo se pueden reducir doce años de una vida a quince cajas. Extraño. Anoche, me veía a mí misma, ahí de pie, mirando fijamente los paquetes envueltos en papel craft, rememorando mis años de universidad, noches sin parar de bailar con amigos, peleas de novios, paseos bajo la lluvia torrencial de esta ciudad, subidas y caídas con sus lágrimas correspondientes de alegría o pena, descubriendo rincones tras años viviendo aquí, dejar de ser una niña, comprometiéndome con Juan, convirtiéndome en madre, un Teo muy bebé boca arriba sobre la alfombra aporreando muñequitos colgantes con sus pequeñas manitas regordetas, charlas con nuestros vecinos que nos convirtieron en familia casi sin darnos cuenta, un accidente de coche en el que bajó una estrella del cielo para que no pasara nada, viajes sorpresa, decenas de perritos calientes sobre una mesa en el segundo cumpleaños de Teo, confidencias con la mejor amiga que se puede tener, despedidas, cerrando una puerta blanca y dando la vuelta a la cerradura por última vez...
Eso y más, al parecer, cabe en quince cajas.