1 de octubre de 2013

Miedos que huyen



Poco después de cumplir veinte años, tuve una temporada de muy mala suerte.


Una serie de circunstancias me llevaron a pasar el peor año de mi vida y, sin entrar en detalles que no estoy preparada para contar tan públicamente, terminé padeciendo las consecuencias de la peor manera posible: enferma, deprimida y, además, perdiendo hasta la última gota de confianza en mí misma y en mis capacidades. Entonces no me atreví a confesar –y no lo hice hasta siete años después- que tenía miedo de una demencial cantidad de cosas. Con el tiempo, haciéndome mayor, conociendo a mucha gente y aprendiendo a comunicarme, supe que la mayoría vivimos con una demencial cantidad de miedos o, al menos, con un buen puñado que, además, sabemos que son absurdos. Pero no lo podemos remediar.

Fui dejando unos cuantos por el camino a medida que cumplía años y gracias al crecimiento personal que busqué para que sucediera a través de la meditación, la medicina natural y el reiki. Aún así, conservo una pequeña mochila de miedos todavía. Por eso, hace unos seis meses, tomé la decisión de no decir que no a nada de lo que me propusieran por miedo. Y, sumado a eso, obligarme a hacer las cosas que me dan miedo cuando se presentara la ocasión.

Me lo tomé en serio.

El resultado, tras estos meses, es que nunca había sentido tanto respeto por mí misma como ahora. Me he enfrentado a miedos grandes como la claustrofobia y a miedos absolutamente ridículos como los que produce el desconocimiento; no he dicho que no a ninguno de los planes que me han propuesto, en especial cuando mi primer pensamiento ha sido “no me apetece”, obviamente disfrazado de algún temor. He subido montañas, cogido ascensores destartalados, conducido por caminos sin asfaltar casi verticales, bañado en charcos oscuros y profundos que resultaron ser mágicos, dormido sola en casas de desconocidos, y más. Ignorando cortésmente las alarmas en mi estómago, he vivido situaciones nuevas -algunas maravillosas- lo que también me ha dado la oportunidad de conocerme aún mejor a mí misma y a personas de mi alrededor, superando así inseguridades que sólo yo sabía que existían y que, muchas veces, no me han dejado avanzar hasta donde pretendía llegar.

En este martes de nubes en el cielo, me apetecía contar que he hecho desaparecer la mayoría de las mías. Con un soplo fuerte y un poco de valor, se esfuman mucho más fácilmente de lo que creía.

Que tengáis un maravilloso martes. 

7 comentarios:

  1. Eso demuestra que eres valiente y luchadora,es verdad que todos tenemos miedos,hasta las personas que parecen tan seguras pero a veces es dificil hacerles frente;me alegro que vayas poco a poco,me has hecho reflexionar sobre los mios.
    Un besito

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    1. Gracias Sonia. Luchadora espero no dejar de serlo nunca. Me alegro de poder hacer reflexionar con mi experiencia. Si yo pude salir de aquello, cualquiera puede, estoy segura.

      Un besito grande

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  2. Pues feliz martes, sí señora. Es cierto que el miedo es libre, y que hay veces que, aún sabiendo que nuestro miedo es una tontería, puede con nosotros. Pero no es menos cierto que convoluntad podemos luchar contra ellos.
    Un abrazo.

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    1. Sí, circula libre porque le dejamos hacerlo. Con voluntad hay que pararlo, como bien dices. Ser un muro contra nosotros mismos. que absurdo suena verdad? Un beso, Irene.

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  3. Qué bonito Carol, y qué gran verdad... Y lo que aprendemos cada día de nosotros mismos!!!
    Un besazo

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